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jueves, 1 de marzo de 2018

"UN CÁLIZ VACIO"

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía
(Derechos de autor, protegidod)
Cap. 11 del libro "Delirios del Lirio"



Desde muy niño, Nim dio muestras de ser un elegido, un ser especial, uno de esos pocos que nacen para guiar grandes rebaños de “normales”. Era evidente que por sus venas corría sangre de Titán, en sus genes, la semilla de aquellos que tiempo atrás, subrepticiamente bajaron del cielo y preñaron a ciertas hembras, sembrando sus entrañas  con su herencia. La contextura física de Nim era superior a la de los demás. Estaba dotado de gran estatura, era hermoso y temerario… Su agudeza y carisma lo destacaban ampliamente muy por encima de cualquier normal que hubiera estampado huellas en el suelo de este planeta.
Los “normales” eran de naturaleza débil. Poseían una piel endeble, fácil de rasgarse y eso los exponía a desangrarse ante el menor accidente o ataque de bestias que pululaban en constante acechanza de presas. Esa fragilidad los estaba llevando al borde de la extinción y por ende, a la supresión de su presencia en el contexto de la forja de un legado. Apenas si pasarían como el recuerdo de una huidiza especie que sirvió de alimento a los depredadores.
Nim vino a este mundo con habilidades paranormales. Tenía excelentes reflejos y una gran fortaleza física y emocional. Fabricar armas y artificios para enfrentarse a las bestias que merodeaban por su precaria aldea, era un juego para el pequeño Nim, quien desde muy jovencito supo erigirse como un “Alfa” entre la gran manada de los “normales” con los que convivía. Poco a poco su fama de cazador y protector se propagó por toda la faz del planeta. Desde las zonas más lejanas, venían grupos y clanes de “normales” dispersos, a solicitar la protección  del gran “Nim”
No tardó el hábil cazador en convertirse en líder y luego erigirse Rey de su clan. Su poder iba en aumento, el reinado resultaba insuficiente para su sed de poder, entonces iba camino a ser el protector y guía de un imperio, el emperador de todos los “normales”. Nim el único, Nim el grande, “NIM, REY DE REYES”
Una vez acaparado todos los dones, dádivas y circunstancias favorables, conquistar poder, riquezas y el respeto de sus súbditos, fue lo esperado. Del mismo modo y como consecuencia de su grandeza, era el poseedor de la mujer más hermosa de todas las habidas. Claro que la vida no olvida su sarcástico juego y siempre se ensaña quebrantando la dicha total con algún “pero…” Para Nim, la desdicha fue la imposibilidad de procrear.
El gran Nim, dueño del destino de cada integrante de la raza de los “normales”, estaba incapacitado para engendrar su prole. Entre tanta luz que irradiaba, esa era la parte oscura de su existencia, el origen de sus penas, desdichas y fatales desatinos.
Ese ingrato segmento de su existencia era el secreto que guardábamos celosamente, el gran Nim, su esposa Semira y yo. Crecimos juntos, compartiendo juegos de niños, nuestras primeras experiencias con las hembras de la especie, luchas, batallas y su precoz asenso al poder, yo, refugiado en su fuerza y destreza y él, amparado en mis consejos y opiniones.  Fue así que me convertí en el guardián de sus confidencias.
Por lo demás, Nim seguía sorprendiendo a la humanidad con sus genialidades. La que más trascendió, pues no había precedentes, fue la de construir una muralla de protección que rodeara el perímetro de su extenso reino, una hazaña que agregó a la enorme lista de sus proezas. Nim era el arquitecto  de la primera ciudadela edificada y amurallada con piedras y ladrillos. Había construido a pulso, un cobijo de material noble para guarecer a toda la raza de los “normales” y sin embargo era incapaz de construirse un hogar propio, como cualquier mortal. Esto era motivo de preocupación pues si no tenía hijos, no estaría completo, quedaría expuesta ante sus vasallos, esa maldita fisura que lo condenaba. Esa oquedad por la falta de un heredero biológico  para mostrar al mundo, fue la tortura que  transformó al noble protector en un tirano cruel y despiadado.
Una tarde, en el preciso instante  en que el día agoniza y el sol se desangra tiñendo al cielo con tonos rojizos, un ser misterioso -De esos que producen frío y angustia a quien los mira o se les acerca-  apareció en palacio diciendo tener un mensaje vital para el gran Nim. Estaba cubierto de pies a cabeza por una gran manta negra que arrastraba por el piso como si tuviera la orden de borrar sus pisadas. Lo conduje hasta el trono y cuando estuvo frente al gran Nim, se postro ante él y beso sus pies.
-¿Quién eres? Di lo que tengas que decir y lárgate- Exclamó Nim, fastidiado.
Sin abandonar la postura de devoto arrodillado, el extraño dijo:
-¡Soy la solución a tus problemas!  Soy quien puede darte el cáliz con tu sangre para que la muestres a tu pueblo. Te daré el hijo que tanto anhelas, te convertiré en el Dios de todos esos “normales” que te siguen.
- ¿Por qué tanto interés? ¿Qué deseas?- quiso saber Nim que para entonces mostraba curiosidad y recelo al mismo tiempo.
- A cambio quiero que me nombres tu sacerdote mayor y hacer todo lo que yo te indique- A partir de aquellas palabras, el gran Nim perdió toda voluntad, ni siquiera quería oír mis consejos.
Inicialmente, yo me opuse, no me gustaba nada este asunto.
- Nim, Dios no verá con buenos ojos lo que vas a hacer- Fue mi consejo.
-¿Y crees que a mi, al gran Nim, le puede interesar lo que opine un Dios que jamás se ocupó de proteger a esta raza que yo albergo, resguardo y guío? Aquí yo soy Dios. Esta raza vive e ira esparciéndose y dominando el mundo porque yo se lo he concedido. No vuelvas a mencionar a ningún Dios que no sea yo o lo interpretaré como una blasfemia contra mí y no dudaré en negarte el derecho a seguir viviendo. Entiende bien esto: Soy el dueño de tu vida y de la vida de cada uno de los “normales” ¡Ustedes me deben la vida a mí y sólo a mí!
 Mientras decía esto, una sombra negra en forma de disco cubrió la luna privando de su luminosidad al mundo. En la absoluta oscuridad, el chisporroteo del fuego que emitían los ojos del gran Nim se hizo más notorio.
-Ve y trae inmediatamente al más hermoso y mejor dotado de mis esclavos, quiero tener un hijo que compita conmigo en belleza, fortaleza y brío- acaté su orden sin mediar palabra.
En el cielo, el disco se dispersó y la luna recuperó su fulgor iluminando la cópula del esclavo con la Reina Samira. El gran Nim se me acercó y me dijo al oído:
-Déjalo que concluya su cometido y luego, llévatelo lejos y elimínalo. No debe haber boca que hable de esto.
Yo no era un asesino, así es que ayudé a huir al esclavo y lo dejé libre. Regresé al palacio, no sin antes manchar mi espada y manos con sangre de cordero.
Cuando nació el fruto de esa farsa, el sacerdote mayor convocó a todos los “normales” del mundo. Con el gran Nim y la Reina Semira a su lado y el niño entre sus manos, se acercó al balcón, elevó sus brazos al cielo y mostró al recién nacido a la multitud, diciendo:
-¡Este es el cáliz que contiene la sangre del Dios Nim, nuestro Dios!
Como presagiando la tragedia, el cielo se oscureció y una estela de luz bajó del mismo. El suelo empezó a temblar. Desde el norte sopló un enérgico viento desintegrando a su paso cada piedra y cada ladrillo de la majestuosa ciudadela. Entre la polvareda que pugnaba por cegarme, alcancé a distinguir al gran Nim, cual si fuera un escorpión, introducir su propia daga en sus entrañas. Semira quiso escabullirse pero unas lianas “salidas de la nada” la sujetaron forzándola a mirar la catástrofe que su mentira había causado.
Pasado el cataclismo, me levanté penosamente y empecé a caminar entre los cientos de miles de cadáveres que quedaron regados por acción de lo que debió ser el castigo divino. Noté que tenía heridas en el pecho pero seguí caminando, esquivando los cuerpos que la muerte había dejado por doquier.

Plumas blancas cubrían la vastedad del lugar… en mi camino fui hallando algunos “normales” que, atónitos ante tal destrucción, luchaban por ponerse de pie. También ellos mostraban heridas en el pecho similares a las mías. Fue entonces que pude distinguir que aquellas llagas se articulaban en un epígrafe: “SÓLO LOS JUSTOS PERDURARÁN




(Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)

4 comentarios:

TERESA DEL VALLE DRUBE LAUMANN dijo...

EXCELENTE, HERMANO QUERIDO. ME COPÓ TOTALMENTE TU CUENTO FANTÁSTICO. MUY BELLO Y SENTIDO.
Y MIRÁ VOS LA COINCIDENCIA: NIM, DE QUIEN NO RECUERDO HABER ENCONTRADO MÁS DATOS, FUE EL ARQUITECTO QUE CONSTRUYÓ LA TORRE DE BABEL, DESAFIANDO A DIOS.
BESOTE

Rosa María Vega Art dijo...

Un relato por demás extraordinario. Altamente poético, entramado y muy elevado, y a la vez alcanzable. Propio de tu gran intelecto y manejo muy delicado de las emociones. Siempre me es muy grato, gracias. ¡FELICITACIONES! Amigo Oswaaldo Mejia.

Oswaldo Mejia dijo...

TERESA DEL VALLE DRUBE LAUMANN. NIM ES UN PERSONAJE RIQUISIMO EN MISTERIOS, A QUIEN CON MUCHA LIBERTAD SE LE PUEDE ACHACAR HECHOS Y SITUACIONES LITERARIAS DE LO MAS FANTASTICAS Y RETORCIDAS. ASI FLUYO ESTE CUENTO. GRACIAS POR ESTAR AQUI QUERIDA HERMANA.

Oswaldo Mejia dijo...

Rosa María Vega Art. GRACIAS POR ACOMPAÑARME QUERIDA HERMANA. TE ADORO.